Alfredo Serrano (La Línea de la
Concepción, 1975) es el pegamento político capaz de armar en segundos un grupo
de Telegram o de WhatsApp en el que empiecen a chatear los presidentes de
Argentina, de Bolivia, de México junto a Zapatero y Rafael Correa… Sus detractores
dirían que también podría meter en el grupo a Nicolás Maduro. Yo eso no lo sé.
Doctor en Economía por la Universidad Autónoma de Barcelona, lidera el Centro
Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG), probablemente el think
tank de izquierdas más importante de América Latina. Conduce además La
Pizarra, un programa de radio por el que han pasado algunos de los dirigentes
políticos más relevantes de América Latina y en el que además se habla de
fútbol. Acaba de publicar Evo: operación rescate. Una trama geopolítica
en 365 días (Sudamericana; Penguin Random House), una obra en la que
describe los pormenores de la compleja operación para sacar a Evo Morales y a
su vicepresidente Álvaro García Linera del país tras el golpe de Estado de
2019. Serrano tuvo un papel determinante en la operación. El libro analiza
también las diferentes etapas del exilio de los dirigentes bolivianos y su
trabajo para armar la candidatura del MAS que triunfó en las elecciones un año
después, devolviendo la democracia al país con la victoria de Lucho Arce. En la
presentación del libro en Buenos Aires acompañaron a Serrano el presidente de
Argentina, Alberto Fernández, y los propios Morales y García Linera. Hemos
podido conversar con él sobre un libro que, además de tener un enorme valor
para entender la geopolítica latinoamericana, ofrece al lector un ritmo
trepidante.
Si alguien entrara en el WhatsApp de tu
teléfono vería mensajes tuyos con presidentes, expresidentes y dirigentes
políticos de izquierdas de América Latina y España ¿Quien diablos eres tú?
Ups. ¡Qué pregunta! ¿Qué decir? Soy un
chico nacido en un pueblo de Cádiz, que desde hace años vive y se siente como
latinoamericano; que no quise dedicarme en exclusividad a la academia (me
doctoré en Economía en la Universidad Autónoma de Barcelona), y que desde hace
años, creamos CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica), un
espacio para pensar y debatir América Latina en disputa, y con el ánimo de
proponer herramientas que ayuden a transformar realidades para que exista más
justicia, menos pobreza, menos desigualdad, más democracia, más derechos. Y en
este largo ‘mientras tanto’, pues hemos venido teniendo relaciones sólidas con
el progresismo latinoamericano. Siempre en base al estudio, procurando mirar la
letra pequeña de cada asunto, analizando lo que pasa en lo económico, en lo
geopolítico, en términos de opinión pública, etc. Y acá seguimos.
Hay muchas formas de aproximarse al golpe
de Estado de 2019 en Bolivia, pero tú lo haces desde una posición muy especial,
la de uno de los encargados de sacar al presidente y al vicepresidente del país
para salvar su vida. ¿Cuál fue tu tarea en concreto?
Tengo
una relación cercana desde hace tiempo con Evo y Álvaro, y me llamaron estando
en el Chapare y me pidieron apoyo en hacer lo que pudiera para salvar la vida
de Evo
Fui parte de un gran grupo de mujeres y
hombres que ‘arrimamos el hombro’ con la única intención de resguardar la vida
de Evo, Álvaro García Linera y Gabriela Montaño, en medio de un golpe de Estado
trágico para Bolivia y para América Latina. Hubo muchísima generosidad por
parte de tanta buena gente que, sin hacer cálculos políticos, sin pensarlo dos
veces, con convicciones y valentía, hicieron casi lo imposible para lograr que
Evo saliera con vida. Fueron clave la cancillería mexicana (Max Reyes, Efraín
Guadarrama, Froylán Gámez, varios embajadores, y el propio canciller Marcelo
Ebrard) y el presidente AMLO, y el presidente argentino, por ese momento electo
y aún sin asumir, Alberto Fernández, y todo su equipo. También lo fue el
canciller boliviano por entonces, Diego Pary. Y mucha gente más, que no son
conocidas, que no tienen seguidores en Twitter. En mi caso, a decir verdad, fui
más un ‘pegamento’ entre partes, una suerte de telefonista que se requería para
conectar muchas piezas. No era momento de hacer tratados de geopolítica, sino
de actuar con determinación, buscando sortear obstáculos (que hubo miles),
levantarse cada vez que nos caíamos (que fueron varias veces). Tengo una
relación cercana desde hace tiempo con Evo y Álvaro, y me llamaron estando en
el Chapare, luego de la renuncia coaccionada para evitar más derramamiento de
sangre, y me pidieron apoyo en hacer lo que pudiera para salvar la vida de Evo.
Y así, con esa llamada empieza el libro. A partir de ahí, llamé a Alberto
Fernández para ver cómo. Y luego a México, y así se inicia un thrillerque
parece ficción pero no lo es.
En tu libro aparecen capturas de WhatsApp
que revelan momentos de enorme tensión.
Quería contar la historia desde mi
condición de testigo en primera línea. Y me parecía fundamental hacerlo
‘desclasificando’ todo lo que ocurrió tras bambalinas. En ese sentido, era
pertinente mostrar conversaciones que no siempre se conocen, esas que hacemos
por WhatsApp para resolver cualquier tipo de problema. Esta vez se trataba de
un hecho histórico. Había que mostrar aquello que sucede entre telones de la
geopolítica. Los diálogos que teníamos, que se ven reflejados a lo largo de
todo el libro, hablan por sí solos. Dan muestra de la tensión, las
dificultades, las magnitudes, las alegrías, los sinsabores, las anécdotas que
suceden en medio de tanta maniobra. Por ejemplo, imagínate que el equipo
mexicano creó un grupo de WhatsApp llamado AHU-EVO, tal cual, en el que
estábamos Diego Pary (canciller boliviano), Max y Efraín (cancillería
mexicana), la persona que iba en el avión (Froylán) y yo. Y entraban y salían
embajadores mexicanos según fueran necesarios. Pues todos esas conversaciones
están en el libro en las horas claves. Así como aquellas que tenía yo con
Álvaro, con Alberto Fernández, o con otros líderes que también estaban muy
atentos a lo que estaba sucediendo. Entre ellos, tú. Que también preguntabas
por lo que estaba pasando en esas horas tan claves.
En el libro describes en detalle cómo fue
el proceso para enviar un avión de México a Bolivia para sacar a Evo Morales y
a Álvaro García Linera. Cuentas muchas anécdotas y momentos. ¿Con cuál te
quedas?
Hay muchas anécdotas. Cosas que ocurren en
medio de esa locura y que no creemos que sean reales. Recuerdo el momento en el
que le pregunto a Álvaro, preocupado, si tienen pasaportes. Se reía de mí por
no decir otra cosa. “¿Pasaportes? No. Salimos con lo puesto”. Era otra
dificultad más. También me quedo con el momento en el que el presidente
saliente argentino, Mauricio Macri, dijo que no a esa ayuda humanitaria de
enviar un avión o, inclusive, que nos permitiera aterrizar en suelo argentino.
Todo fue no. A diferencia de otro presidente de signo ideológico similar, el
paraguayo Mario Abdo, que sí antepuso lo humanitario y sí brindó ayuda en todo
momento. O como Ecuador, que había dado permiso para que el avión mexicano
atravesara su espacio aéreo ya de retorno con Evo adentro y luego lo
impidió. De hecho, en el libro está hasta el aviso de la torre de control de
Guayaquil que denegó el paso con una excusa ridícula. Y para ridiculez, lo
ocurrido en Perú, en Lima, cuando las autoridades militares aeroportuarias
obligaron a pagar en cash, en efectivo, el repostaje de
combustible del avión. No admitían ni tarjeta, ni transferencia ni nada.
Querían dinero en mano. Realmente, nos pasó de todo. Hubo muchos momentos
‘macondianos’.
Háblame de la llegada a México.
Pude ir a Ciudad de México a verles, a
Evo, Álvaro y Gabriela, a menos de dos semanas de su llegada, tras el golpe. Y
tal y como narro en el libro, fueron momentos muy especiales. También de muchas
anécdotas, y de mucho aprendizaje. Me impresionó cómo Evo ya tenía las miras
puestas en el regreso. O sea, apenas unos días después de este golpe tan duro,
le estaban quemando su casa, la de su hermana, de amigos y compañeros y, a
pesar de todo, él ya decía que estaría de regreso a Bolivia en Navidades. Yo y
Álvaro le mirábamos como si estuviera loco. Pero no. Los locos, o mejor dicho,
los equivocados, éramos nosotros que no entendíamos que lo que Evo hacía era
marcar ya un horizonte de posibilidades, de retornar, de volver a levantarse,
ponerse de pie y comenzar a trabajar para regresar democráticamente. Toda una
lección. Y también recuerdo la llamada de Evo con Alberto Fernández, desde mi
teléfono, porque ahí se empezó a tejer la vuelta a Argentina.
Explicas que Evo, a pesar de las
excelente acogida que tuvo en México, quería estar lo más cerca posible de
Bolivia.
Para
ridiculez, lo ocurrido en Perú, en Lima, cuando las autoridades militares
aeroportuarias obligaron a pagar en cash, en efectivo, el repostaje de
combustible del avión
Necesitaba estar cerca de Bolivia en todos
los sentidos. La comunidad boliviana en Argentina es muy grande. Eso le
permitía sentirse en parte en casa. Y también, por la distancia, mucha gente de
Bolivia podía viajar a Buenos Aires a conversar con Evo, a preparar la
estrategia de regreso, a pensar en las posibilidades electorales, a trabajar en
pro de la unidad en un momento muy delicado donde cada proceso tiende a
desmantelarse. Evo quería estar tan pronto como pudiera en Argentina. Y Alberto
Fernández le dijo que, desde el día de asumir como presidente, estaba invitado.
Y así fue. En el libro también se cuenta ese episodio porque no fue fácil, dado
que en el primer día de nuevo gobierno había que preparar la llegada de, nada
más y nada menos, Evo Morales. ¿Cómo volar? ¿El tema del asilo? ¿Cómo cuidar la
seguridad? ¿Dónde se alojaría? Bueno, y me quedo con esto último. Evo se alojó
en una casa de una señora argentina que decidió solidariamente prestársela.
¿Por qué? Porque hay gente buena. Se fue de su casa (en el barrio de Colegiales
en Buenos Aires) un mes a casa de sus hijos para que Evo pudiera tener un lugar
donde llegar. Sin alquiler. No había ninguna contraprestación mercantil. Solo
solidaridad. Luego fue otra señora, esta vez boliviana. Y así fue la vida de
Evo, Álvaro y Gabriela, y muchos otros exiliados, en medio de tanta
solidaridad.
Una persona determinante en toda esta
historia es el presidente argentino Alberto Fernández. Háblame de él, como
presidente pero también como persona.
Por encima de todo, su generosidad. La
antepuso siempre. Desde el minuto uno de juego quiso ayudar. Y tenía muchas
presiones para que no fuera así. Recién ganaba las elecciones, y ni siquiera
había asumido. E hizo lo imposible para salvar la vida de Evo. Llamadas de
teléfono a quien fuera necesario. Estuvo pendiente todo el tiempo. No importaba
la hora. Y luego, con la venida de Evo a Argentina, lo mismo. Recuerdo, y así
está la captura en el libro, cómo el mismo día de su toma de posesión, yo le
molesto pidiéndole que nos hacía falta un papel para la llegada de Evo, y me
respondió al instante. Ocupándose de todo. Y luego recibió a Evo en la Quinta
de Olivos varias veces. Siempre amable y generoso con él, con Álvaro y
Gabriela. Demostró tener una sólida convicción geopolítica respecto a lo que
pasaba en Bolivia; no miró para otro lado. Y fue muy hermoso, como un año
después, justo 365 días después, en un hermoso guiño a la justicia poética,
Alberto quiso acompañar a Evo a la frontera de Argentina con Bolivia para
acompañarle en su regreso, luego de que Luis Arce había ganado las elecciones.
Háblame del tiempo de Evo en Argentina.
Pues se adaptó. Como ha hecho Evo toda la
vida. Se acomodó a vivir en un país que él quería mucho pero no era el suyo.
Trabajó sin parar. Se reunía con miles de organizaciones. Hizo campaña
electoral a distancia. Se tuvo que reponer de todas las críticas que surgían
contra él desde Bolivia y desde un sector de la prensa mundial. Tuvo también
que soportar lo que todos, el encierro por culpa del covid. Eso le hizo cambiar
de modalidad de trabajo. Todo más virtual. Además tuvo que superar otro golpe,
esta vez familiar: se le murió su hermana en Bolivia precisamente por covid.
Una hermana que era como su madre. Fue muy duro, pero supo siempre sobreponerse
con la mirada fija en recuperar la democracia en Bolivia y ganar
electoralmente. Hasta tuvo tiempo de ir a jugar al fútbol, cosa que le encanta,
jajaja.
Entre el 19 de noviembre de 2019 y el 19
de noviembre de 2020 se escriben páginas cruciales de la historia política de
América Latina. ¿Cuáles son, a tu juicio, las claves de ese año?
Por lo ocurrido en Bolivia, uno puede
sacar muchas lecciones políticas. Lo primero es que no todo golpe de Estado
elimina una identidad política. No se pudo en Bolivia ni se ha logrado en otros
lugares del mundo. Ni los ataques más duros, con el lawfarede por
medio, logran extirpar del imaginario el valor simbólico de ciertos liderazgos,
lo conseguido en años previos, etc. Otra lección aprendida es que después de
una derrota o golpe, además de revisar qué se hizo mal, toca no tirar la
toalla. Evo y el proceso boliviano nos enseña eso. Es clave evitar caer en un
bucle improductivo. Hay que volver a levantarse, repensar todo lo que sea
necesario repensar, hacer mejor las cosas en lo que se deba, aprender de lo
fallado, pero mirar hacia delante, y marcar horizontes de posibilidades. El ¨sí
se puede¨ en el caso de Bolivia no es un eslogan, es un hecho político. Y
luego, por añadir algo más, el valor de la unidad en tiempos complejos. Evo fue
un articulador obsesivo de la unidad. Y eso lo logró en medio del golpe, en el
momento en el que muchos dudaban, en el que hay más zozobra de la cuenta, por
internas y por externas. Y Evo sabía que sin unidad no era posible volver a
ganar electoralmente en Bolivia. Y lo consiguió.
Tras leer tu libro uno se hace consciente
de la importancia de la letra pequeña de la geopolítica. Si tuvieras que
escribir la entrada para esa noción en un diccionario de ciencia política. ¿Qué
pondrías?
Todo hecho político consta de múltiples
aristas, dimensiones, interacciones entre variables, que no siempre pueden
estar bajo control absoluto. La política y las relaciones internacionales en lo
particular no han de ser sometidas a una lógica binaria, con conclusiones
siempre simples y excluyentes. Asumir la controversia de cada problema es vital
para procurar afrontarlo. La multiplicidad de escenarios es otra condición
analítica fundamental. Así como las tensiones y contradicciones, y la
heterogeneidad de aquello que a veces tratamos como algo homogéneo (la
izquierda, la derecha, etc.). Estamos viviendo una época donde los matices son
subestimados. Y son infinitamente más determinantes de lo que podamos encontrar
en un titular.
AUTOR >

Es doctor
por la Complutense, universidad por la que se licenció en Derecho y Ciencias
Políticas. En 2013 recibió el premio de periodismo La Lupa. Fue secretario
general de Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno.
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