Matar a Juan Carlos para salvar a la monarquía
El problema con el emérito no es que
vuelva. Tampoco la escandalosa impunidad de la que goza. El problema es la
monarquía, la represente quien la represente
Pablo Iglesias 9/12/202
Dice Zarzalejos que Juan Carlos
quiere volver por Navidad. Nos cuenta además algunos detalles que confirmarían
la absoluta indignidad del emérito; al parecer querría cobrar una asignación de
200.000 euros y vivir en La Zarzuela. El flautista convoca a su audiencia y en
las redes (y también en algunas televisiones) se abre la veda de caza; esta vez
el elefante (o el oso drogado) se llama Juan Carlos. El principal marco discursivo
de los monárquicos lleva tiempo mutando. Del “Juan Carlos I nos trajo la
democracia y la prosperidad, paró el 23F y sus errores no hacen sombra a su
obra histórica” se está pasando a otro que el periodista Javier Lezaola resumía
así en Twitter: “Yo siempre pensé que Juan Carlos I era un ejemplo de
honestidad pero ha demostrado que no, que no tiene nada que ver con su hijo que
sí es un ejemplo de honestidad y rectitud”. Quien define los marcos en el
debate político, gana el debate. Fíjense que el propio Zarzalejos, hijo de un
gobernador civil del franquismo, hermano de un jefe de gabinete de Aznar,
educado en Deusto, exdirector de periódicos monárquicos y hoy colaborador de La
Sexta, lleva un año empujando el marco y para ello ha escrito incluso un libro.
En una entrevista que
daba a El
País en marzo, a propósito de su libro, no tenía
problemas en calificar la conducta de Juan Carlos de “miserable”. A Felipe VI
Zarzalejos le presenta, en cambio, como una víctima de la traición de su padre.
No sé Rick…
Es
lógico que los monárquicos afinen sus estrategias pero no que los republicanos
corramos tras el hueso que nos lanzan.
La
monarquía española ha sido cuidada por la práctica totalidad de los medios
privados con sede en Madrid y también por buena parte de los que no tienen sede
en Madrid. De los medios públicos mejor no hablamos (la RTVE de Tornero actúa
hoy como servicio de propaganda de la Casa Real sin ningún pudor). Pero ojo, la
barra libre para zumbar a Juan Carlos en La Sexta y otros medios orientados
hacia audiencias progresistas no nos debe hacer perder de vista que lo que
representa un problema y un freno a los avances democráticos en España, no es
el malogrado Juan Carlos, sino la propia institución monárquica en tanto pieza
crucial de un engranaje de poder corrupto.
Las
aventuras, desventuras y excesos de los miembros de la familia real pueden
escandalizar, pero con eso no basta
Nos
equivocaríamos los republicanos si bailáramos la danza que han preparado para
nosotros. El republicanismo que necesita España no puede ser solo
memorialístico y mucho menos aún la expresión de la náusea moral frente a los
Borbones y sus comportamientos. Las aventuras, desventuras y excesos de los
miembros de la familia real que siguen alimentando a la prensa rosa pueden
escandalizar y movilizar resentimientos bien justificados, pero con eso no
basta.
La
monarquía española ya no es lo que fue hace 40, 30 o 20 años. Hoy es
básicamente un significante
identitario de la derecha y la ultraderecha políticas y sobre
todo del reaccionarismo que habita en sectores muy importantes de la
judicatura, de las fuerzas armadas y de ciertos poderes económicos y sus brazos
mediáticos que siempre han considerado a su monarquía como un instrumento para
hacer negocios. La parte más inteligente de esos sectores (Zarzalejos es un
resentido con motivos para serlo pero no es, ni mucho menos, un imbécil) sabe
que necesitan convertir a Juan Carlos en el Stalin del XX Congreso del
PCUS.
Por
eso matar a Juan Carlos para salvar a Felipe es una operación de régimen contra
la democracia. Y para que nadie falte al baile, los republicanos estamos
convocados para hacer aún más leña del árbol caído y facilitarles que expliquen
lo diferentes que son Juan Carlos y Felipe, o lo buena gente que es Sofía y lo
bien que educó a su hijo para que no se pareciera al padre. Como si ese fuera
el problema.
Hoy la monarquía ya no representa lo que fue en el pasado, como pieza
imprescindible para que las élites franquistas pactaran con los partidos
democráticos la transición primero y la construcción del modelo de
modernización española después. Por eso a los republicanos nos toca no dejarnos
arrinconar debatiendo sobre las inmoralidades de Juan Carlos y empezar a
explicar que República no significa ni odiar a los borbones ni se limita a una
arcada moral permanente frente a sus comportamientos sino, por el contrario, la
defensa de un proyecto de país donde las instituciones públicas se desparasiten
de corrupción, donde los servicios públicos sean el sello de calidad de la
Administración, donde la ley sea efectivamente igual para todos, donde los
derechos sociales sustituyan al sistema de privilegios que imponen las
privatizaciones y donde la plurinacionalidad tenga una traducción jurídica que
sirva para unir, respetando las diferencias, a un país diverso frente al
españolismo rancio y excluyente.
El
problema con Juan Carlos no es que vuelva, como los turrones El almendro, por
Navidad (sospecho que finalmente no le hará esa putada a su sucesor). Ni siquiera
el problema es solo la escandalosa impunidad de la que goza. El problema es la
monarquía, la represente quien la represente.
Pablo Iglesias
Es doctor por
la Complutense, universidad por la que se licenció en Derecho y Ciencias
Políticas. En 2013 recibió el premio de periodismo La Lupa. Fue secretario
general de Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno.
Pablo Iglesias
Es doctor por la Complutense, universidad por la que se licenció en Derecho y Ciencias Políticas. En 2013 recibió el premio de periodismo La Lupa. Fue secretario general de Podemos y vicepresidente segundo del Gobierno.
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